Caos en Ciudad de México mientras se busca a sobrevivientes bajo los edificios caídos

Los trabajos de rescate continúan de noche en una capital en la que se estima que hay cerca de 44 zonas de derrumbes. Algunos puntos están a oscuras sin suministro eléctrico. Los vidrios a punto de quiebre cuelgan sobre los edificios más altos de Ciudad de México. Algunos todavía van cayendo como navajas en las calles de la colonia Roma. Hay enfermos y niños que recién nacieron que están siendo atendidos sobre parques y pisos. El hedor a gas es penetrante, pero a estas alturas es lo que menos le preocupa a las personas que siguen caminando esquivando pedazos de bardas y casas que se cayeron con el paso del terremoto de magnitud 7.1 que ha dejado más de dos centenares de muertos en el centro del país. Se estima que en Ciudad de México hay cerca de 44 zonas de derrumbes, según informó el jefe de Gobierno Miguel Ángel Mancera. Las ambulancias se abren paso como pueden entre el tránsito de la capital del país, en la que dejaron de funcionar los semáforos. La Comisión Federal de Electricidad informó que 4.6 millones de clientes se quedaron sin suministro por el terremoto. No hay servicios de electricidad ni de agua y apenas hay telefonía móvil e internet. Todo resulta ser un gran caos, en el que resuenan las máquinas taladrando el concreto, así como los sollozos y los gritos. Todavía con el miedo metido bajo la piel, la gente se une en la calle para ayudar. Hileras de personas asisten con desesperación a los rescatistas en la colonia Roma de la Ciudad de México. De mano en mano pasan los escombros. Cuando se hace de noche, trabajan a oscuras, apenas con unas lámparas. La voz de las personas es la guía para dar o recibir ayuda. La fuerza bruta de hombres y mujeres ha ido levantando paredes y toneladas de acero que ahora son evidencia de la destrucción. No solo hay prisa por buscar a personas vivas bajo los escombros, también las hay atrapadas en edificios que no han colapsado, pero que están a punto. Mientras tanto muchas personas caminan en la oscuridad buscando a familiares desaparecidos. Noticias hizo un recorrido por las colonias Roma, Narvarte y Del Valle y pudo constatar que hubo saqueos a farmacias. Los policías que custodian aseguraron que quienes irrumpieron los negocios dijeron que los medicamentos serían para los afectados por el sismo. En medio de este paisaje de guerra, de pronto se escuchan aplausos, gritos. Han sacado a una mujer. Luego a otra. Y a otras dos. Al parecer todas trabajan juntas, pues tienen el mismo uniforme color negro con un estampado dorado. “Estoy viva. Estoy viva. Me sacaron”, dice una de las mujeres rescatadas que intenta mandar un mensaje de voz por su teléfono celular. Al paso de los minutos sacan a más personas que son llevadas de emergencia a los hospitales. De momentos todos piden guardar silencio para poder escuchar la voz tenue de las personas atrapadas bajo los escombros de lo que antes fue su oficina o su casa. Los trabajos de rescate continuaban el martes por la noche. El propio presidente de México, Enrique Peña Nieto, aseguró en un mensaje difundido en las redes sociales que había ordenado instalar plantas de electricidad para seguir buscando bajo los escombros. Ciclistas y motociclistas cortan las nubes de polvo que dan vueltas sobre los edificios destruidos. Son ellos quienes han servido de mensajeros veloces, llevando herramienta, víveres y medicamento de un punto a otro. Habitantes de la Ciudad de México han improvisado campamentos, algunos porque se quedaron sin casa y otros por el temor de otro sismo. Rebecca Blackwell/AP  Durante la madrugada de este miércoles, muchas personas de las colonias céntricas de la capital del país permanecen en la calle. Unos cuidan sus hogares ante la delincuencia, otros tantos han tendido camas improvisadas en la banqueta ante el temor de que llegue otro sismo. Algunos descansan en sus automóviles y escuchan las noticias en la radio. La sirenas y luces patrulleras de los carros de emergencia son el ruido y la luz constante que va y viene como el eco inconfundible de una ciudad convulsionada.

No más diecinueves de septiembre en México

Las redes sociales se llenaron de oraciones que les pedían a los santos de los mexicanos que la tierra dejara de moverse. Así quedó la Ciudad de México tras el segundo sismo que ataca al país en un mes. El gobierno anunció el despliegue de 3.000 militares para garantizar la seguridad.AFP Ayer hace 32 años, Ciudad de México vivió uno de los peores días de su historia. Un sismo de 8,1 grados la dejó destrozada el 19 de septiembre de 1985. Las cifras de personas muertas nunca pudieron precisarse, pero las autoridades dijeron que más de 10.000 se fueron en esa tragedia. Alrededor de 25.000 se quedaron sin casa y los daños estuvieron alrededor de los US$8.000 millones. Ha sido, hasta la fecha, el desastre más mortífero del que se tenga registro en ese país. Año tras año, cada 19 de septiembre, México conmemora la fecha. Ayer no fue la excepción. Los mexicanos atendieron juiciosamente la conmemoración del 85 con un simulacro de evacuación para evitar que se repita la historia. Esa es la tradición. Pero dos horas después del simulacro, en un hecho de esos que los latinoamericanos suelen convertir en novelas de realismo mágico, un nuevo terremoto sacudió la ciudad, destruyendo las fachadas de por lo menos 29 edificios. Al momento del cierre de esta edición, el nuevo sismo había cobrado la vida de 65 personas en el estado de Morelos, donde fue el epicentro, y otras dos en la Ciudad de México. La cifra total de heridos aún está por confirmarse. Sin embargo, no ha sido el movimiento telúrico de más intensidad este mes para los mexicanos. El 7 de septiembre el mundo entero ya había recordado el desastre natural del 85 cuando un terremoto de 8,2 grados se convirtió en el de mayor intensidad en los últimos 100 años. Le ganó por un punto al de hace un siglo. El 7 de septiembre murieron 96 personas y más de 200 resultaron heridas, especialmente en los estados de Oaxaca y Chiapas, en donde estuvo el epicentro. No obstante, muchas personas que vivieron el reciente terremoto denunciaron que se había sentido con más fuerza, a pesar de ser técnicamente de menor intensidad. “Estuvo bastante fuerte. Los edificios empezaron a moverse. La gente está muy nerviosa. Vi a una señora que se desmayó”, relató Alfredo Aguilar, de 43 años, para AFP. “Estaba caminando por (la calle) Colima y las ventanas empezaron a moverse. Vi a la gente correr, empezaron a gritar. Estuvo muy feo. No me quería acercar a ningún árbol. Me tuve que tirar al suelo”, aseguró Leiza Visaj Herrera, de 27 años. Por su parte, un socorrista gritaba: “¡No fumen! ¡Hay fugas de gas!”, mientras la gente corría por las calles en el sector de Roma Norte. “Dios, protégenos: ¿por qué se repite la historia?”, escribió un usuario de Facebook a propósito del terremoto. Al terror del movimiento de la tierra se sumaba el pánico de un país religioso que no entendía la razón de una nueva tragedia el mismo día en que vivió la peor de su historia. “Estoy consternada. No puedo contener el llanto. Es la misma pesadilla que en 1985”, dijo a la AFP, entre lágrimas, Georgina Sánchez, de 52 años, en una plaza de la Ciudad de México. No ha sido una buena temporada para México con la naturaleza. El huracán Katia también estuvo atacando al país, justo después del terremoto del 7 de septiembre. “Katia está tocando tierra al norte de Tecolutla, México”, informaron las autoridades para pedirle a la población que se refugiara en albergues. Aunque impactó en la costa este, afortunadamente llegó al país en categoría 1 y no produjo daños. Ciertamente, de acuerdo con informes oficiales, el 2017 ha sido el año más sangriento de los seis que lleva al mando el presidente Enrique Peña Nieto. Y en junio, las autoridades enfrentaron el mes más violento desde 1997: más de 2.200 homicidios en un mes. Las redes sociales se inundaron con mensajes pidiendo oraciones por los mexicanos, y Peña Nieto, quien iba rumbo a Oaxaca para atender el terremoto anterior, tuvo que regresar a la capital para, ahora, enfrentar este último. Así está el país entero. Cuando aún no lograba levantarse del 7 de septiembre, cuando apenas terminaba el simulacro conmemorativo del 19 de septiembre de 1985, le toca asumir el terremoto del 19 de septiembre de 2017.

Terremoto de México: cuando todo se vino abajo

El Mundo

Miles de mexicanos se armaron de picos y palas para rescatar personas de las decenas de edificios que se derrumbaron por el terremoto. Los rescatistas levantan las manos cuando escuchan ruidos bajo los escombros. Así logran hallar vida entre toneladas de piedras y hierros retorcidos. / AFP Frida Hernández, una estudiante universitaria, despertó cuando el terremoto entró con arrogancia al sexto piso, donde dormía la siesta en el centro de la capital. Entonces desempolvó las historias de ese terremoto de 1985 que no vivió pero del que le hablaron los mayores. Vio caer un falso techo y sufrió el bamboleo de las paredes, pero su padre la salvó al recordarle con su sabiduría de arquitecto que estaba en uno de los edificios más seguros de la ciudad, el de la oficina del Metro, asegurado con vigas de acero, porque si se derrumba aplastaría unos transformadores y haría volar dos manzanas.La joven, que nació 12 años después de aquel trágico terremoto, decidió que la mejor manera de honrar a la víctimas de 1985 era evitar la mayor cantidad de muertes posibles y convenció a vecinos de buscar bajo los escombros. Según datos oficiales, 29 edificios se vinieron al piso sólo en Ciudad de México. En el estado central de Puebla, las torres de la iglesia de Cholula se vinieron abajo y hay más estructuras destruidas. Cerca de 15.000 personas fueron desalojados del centro de la ciudad de Puebla por el peligro de derrumbes tras el terremoto. Según la agencia Reuters, hay un número desconocido de personas atrapadas. Ante la imposibilidad de meter máquinas modernas en las labores de salvamento, para no lastimar a los enterrados debajo de las piedras, cientos de mexicanos se armaron de palas, picos, linternas y pomos con agua. Los uniformados también se unieron a esa tarea. En la antigua calle de Monterrey con viaducto Miguel Alemán, una de las principales arterias de la ciudad, un edificio de al menos cuatro plantas se derrumbó por completo. En medio del escenario desolador, centenares de miembros del Ejército, bomberos y Protección Civil trabajaban a contrarreloj tratando de sacar vida de bajo los escombros. José Angel Quimber, un vecino de la zona, fue uno de los primeros en acudir al rescate. El edificio “tenía cuatro pisos y en lo que estuve yo, ayudamos a salir a dos persona heridas y a dos fallecidos”, lamentó. A la mínima señal de ruido entre los escombros se hace silencio. Los expertos en rescate levantan las manos y se pone mucha atención. “Sacamos escombros y hacemos fila, y cuando te piden silencio te quedas callado. Si se escuchan aplausos, se abre el paso”, explican los espontáneos rescatistas. Tardarán horas, si no días, para sacar tantas toneladas de escombros, con el cuidado de no dañar a los posibles personas que han quedado sepultadas vivas en la catástrofe más grave que recuerda la capital del país desde 1985.

Los dramáticos testimonios de los mexicanos tras el terremoto  “Ahora sí está temblando”, dijo alguien en la oficina. Unos segundos después comenzó a sonar la alerta sísmica por segunda vez en la mañana. A las 11, dos horas antes, hubo un simulacro masivo en toda la ciudad, y la gente bajó tranquila, casi complacida porque se estaban tomando medidas por su seguridad después del sismo de la semana pasada. Pero el martes, justo el martes, cuando se cumplían 32 años del sismo que asoló la Ciudad de México la tierra tembló de nuevo.  Desde entonces las sirenas, helicópteros y ambulancias no cesan. La gente inundó las calles y los pasos peatonales, apartados de los edificios altos. Aunque no se habían sentido las réplicas, anoche el miedo se contagiaba fácil. Diez minutos después del temblor, la gente rezaba, lloraba y se consolaba mientras esperaba tener más noticias que aún no llegaban. “Me tuvieron que rescatar en el suelo del piso 12 de WeWork –un coworking (trabajo de espacio compartido) de la calle Varsovia–. Me caí al suelo y no podía levantarme.  El refrigerador venía hacia mí y alguien me ayudó a sostenerlo. Después me levantaron y me bajaron los 12 pisos. Ha sido muy horrible. Estoy asustadísima”, dijo en diálogo con la prensa Ruth Martín. Estaba terminando una videoconferencia, regresé a mi lugar de trabajo y se sintió primero un ‘trrrrr’, como sismos pequeños, y de repente empezó más fuerte  En algunas calles de las colonias Condesa y Roma Norte olía a gas, y los equipos de supervisión no daban abasto. Se les veía correr de un edificio a otro con picas y palas, cubiertas de polvo.  Había muchos escombros en el suelo, y también farolas y cristales. La gente miraba arriba y fotografiaba los destrozos de edificios altos, todavía sin saber qué había pasado en el resto de la ciudad.  En muchos se desprendieron algunas partes y se veían las ventanas rotas al lado de grietas. “Estaba terminando una videoconferencia, regresé a mi lugar de trabajo y se sintió primero un ‘trrrrr’, como sismos pequeños, y de repente empezó más fuerte”, contó a este diario Marcial Puente, quien estaba en la oficina de Stylerz, en el cruce de las calles Insurgentes y Tonalá. “Toda la gente empezó a querer salir, pero se amontonaron en las escaleras. Ahí tembló más fuerte y nos quedamos bajo un travesaño para estar a salvo. El techo se empezó a caer y lo único que nos quedó fue abrazarnos entre los veinte que estábamos y esperar a que pasara. Ya no podíamos salir. Cuando bajó la intensidad empezamos a bajar, pero había muchas personas en shock, y las tuvimos que ayudar porque no podían caminar. Al salir, se había desplomado una pared del edificio de al lado y toda la calle estaba llena de polvo. Pensábamos que se estaban cayendo todos los edificios y la gente comenzó a correr hacia Insurgentes”, agregó Puente.  Cerca de ahí, a unas seis cuadras, un edificio se derrumbó sobre la avenida Álvaro Obregón. El piso de arriba estaba completamente hundido, y la gente se agolpaba al frente tratando de ayudar. Pedían palas, agua, vendas, y si no, que se fueran.  Pero era difícil regresar a la casa, no había transporte público, los semáforos no funcionaban porque no había luz. Todo era un caos.  Un grupo de jóvenes trató de ir a comprar vendas y alcohol, pero ya no quedaban en las pocas farmacias que aún estaban abiertas. El propio Hospital Obregón tuvo que evacuar a sus pacientes y formó un hospital improvisado con carpas en los bancos del paseo de en frente.  “Escuché como si hubiera un elefante en el piso de arriba”, afirmó Maite Arana, que trabaja en plena avenida Reforma, rodeada de edificios altos. “Empezó a tronar el edificio. Me levanté y entonces fue cuando empezó a sonar la alerta sísmica. Yo estaba en un primer piso y bajé rápido. Nos tuvimos que quedar dentro del propio edificio porque estaban cayendo trozos de pared, yeso y escombros. Nos quedamos quietos, pegados a una columna. Tardamos mucho rato en poder salir. Yo estaba debajo del edificio viendo cómo temblaba, hasta las tuberías y las grietas formándose. Cuando vi que pararon de caer cosas, corrí a Reforma”, dijo Arana. Los brazos arriba significaban silencio, y todos se callaban. En la calle Ámsterdam, el corazón del barrio Condesa, se formaron dos hileras para ayudar a sacar los escombros de uno de los edificios caídos.  La gente estaba desesperada por ayudar, y enseguida se organizó para pasar agua, compartir tapabocas, enviar al frente cascos o linternas, y agolparse apresurados cuando alguien de los equipos de rescate gritaba: “¡Voluntarios!”. “Ahora hay mucha gente, vayan a descansar y regresen en tres horas, después los vamos a seguir necesitando”, gritó un rescatista, tratando de organizar el tumulto frente a un edificio que se quebró por la mitad. Una niña llegó llorando y trató de entrar en la zona acordonada. “Mi mamá estaba ahí”, dijo cuando trataron de consolarla.  Tras el susto, muchos querían ayudar. Algunos seguían recorriendo las calles y frenaban para preguntarle a la gente si estaba bien o si necesitaba algo. Muchos llevaban consigo maletas con lo que pudieron sacar de sus casas y algunos, incluso, cobijas para pasar la noche afuera. Anoche se presentaron denuncias de robos y saqueos.  En cada esquina había escombros, la parte de un edificio que cayó, un poste roto por la mitad, y algunos carros aplastados. La poca señal tecnológica dificultaba las comunicaciones. Un señor apuntó que en el de 1985 tardaron cuatro días en recuperar la electricidad. Justo el martes que la gente de más de 30 años recordaba el sismo de 1985, se cumplió con horror ese aniversario.

Rescuers rise their clenched fists askin for silence to be able to hear the voices of possible survivors buried under the rubble and debris of building flattened 7.1 quake in Mexico City on September 19, 2017. The number of people killed in a devastating 7.1-magnitude earthquake that struck Mexico City and nearby regions on Tuesday has risen to 138, the government said. / AFP / RAUL ARBOLEDA

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