El caótico final de la administración Trump

El asalto al Capitolio  terminará como uno de los episodios más oscuros de la democracia de EE. UU. Muchos pensaron que terminaría mal. Pero nadie, ni siquiera el más atrevido, llegó a imaginar que el ocaso de la presidencia de Donald Trump acabaría convertido en quizá el capítulo más oscuro de la democracia estadounidense. Este miércoles, el mundo presenció horrorizado como una turba de sus simpatizantes, envalentonada por la retórica incendiaria del mandatario solo minutos antes, se tomó a la fuerza el Capitolio para tratar de impedir que los legisladores certificaran el triunfo del demócrata Joe Biden en las pasadas elecciones. Fueron más de cuatro horas de caos y anarquía que dejaron cinco muertos y al país sumido en una crisis política con pocos antecedentes. Un evento que fue descrito, tanto por demócratas como republicanos, como un acto de terrorismo doméstico que rayó en la insurrección. Y no es para menos. La turba, compuesta en gran parte por grupos de extrema derecha, destruyeron puertas y ventanas, golpearon a policías, se metieron en las oficinas de congresistas para robar documentos y computadores, profanaron monumentos y hasta intentaron reemplazar la bandera estadounidense que ondea en el Capitolio con una de ‘Trump 2020’. Los legisladores, que temían por sus vidas, tuvieron que armar barricadas para protegerse mientras se evacuaba al vicepresidente Mike Pence, que también estaba en el recinto y era buscado por trumpistas que querían hacerlo “pagar” por oponerse a los afiebrados designios de su líder. Según Trump, el vicepresidente debía rechazar la certificación de Biden, declararlo a él como ganador y darle las llaves de la Casa Blanca por cuatro años más. Lo más grave, si es que eso es posible, es que aún con el Congreso bajo sitio y en riesgo la vida de cientos de personas, el presidente (según las propias fuentes de la Casa Blanca) se negó a autorizar el envío de refuerzos.
Antes, dijeron, parecía disfrutar las imágenes y solo comenzó a cambiar de opinión bajo la amenaza de funcionarios y militares. De hecho, ya se sabe que quien dio la orden de recuperar el Capitolio fue Pence y no Trump. En sus primeras declaraciones, cuando la situación todavía era crítica, el presidente justificó las acciones de sus simpatizantes y los llamó “patriotas”. Un término que también utilizó su hija Ivanka para describir a los revoltosos que estaban intentando dar un golpe de Estado. Pocos minutos después, les pidió retirarse del Capitolio de manera pacífica, pero no sin antes decir que los “amaba” y que eran “gente muy especial”.
Aunque esas declaraciones luego fueron retiradas de sus redes sociales y del portal de la Casa Blanca, probablemente fueron las que terminaron de sellar su suerte. Trump, de alguna manera, ya estaba en la cuerda floja tras la escandalosa llamada del fin de semana pasado, cuando le pidió al secretario de Estado de Georgia que cometiera fraude para declararlo ganador pese a que su derrota ya había sido más que corroborada, y su capital político diezmado tras la debacle que sufrieron los republicanos el martes en este mismo estado, donde perdieron el control del Senado en buena parte gracias a su errática conducta. Pero su rol en la toma del Congreso (y lo que dijo en esos momentos) destruyeron en menos de 24 horas el castillo de naipes que construyó a punta de matoneo e intimidación a lo largo de sus cuatro años de gobierno. Una vez volvió la calma, los legisladores reanudaron la sesión y certificaron el triunfo de Biden con Pence a la cabeza. Y aunque algunos insistieron en objetar los resultados en un par de estados, el tono cambió por completo. Congresistas como Lindsey Graham, que a lo largo de toda la presidencia lo defendieron a capa y espada, de repente le dieron la espalda y negaron lo que ya se sabía, pero se habían resistido a admitir: que las elecciones fueron transparentes y las acusaciones de fraude carecían de sustento. Funcionarios, exfuncionarios, líderes empresariales y expresidentes se fueron lanza en ristre contra Trump, a quien responsabilizan de manera directa por los sucesos.  “Nos dijeron que más de 6.000 presos habían votado, que 15.000 menores de edad lo habían hecho. Les pedí que me mostraran 10 casos y no apareció ninguno”, dijo Graham. Algo sorprendente viniendo de un legislador que semanas antes había llamado al secretario del estado de Georgia para pedirle que fabricara votos para darle a Trump la victoria. Mitch McConnell, el presidente del Senado y hasta ahora aliado incondicional del presidente, catalogó las acusaciones como meras teorías de conspiración sin sustento. En la madrugada del jueves, el presidente intentó calmar los ánimos comprometiéndose a una transición ordenada del poder, pero insistiendo en que había ganado las elecciones. Pero su declaración estuvo lejos de ser suficiente. Con el correr de las horas, funcionarios, exfuncionarios, líderes empresariales y expresidentes se fueron lanza en ristre contra Trump, a quien responsabilizan de manera directa por los sucesos. Varios, entre ellos la secretaria de Transporte, Elaine Chao, y la de Educación, Betsy DeVos, presentaron su renuncia en protesta. Y se comenzaron a sumar las voces que pedían su destitución o renuncia. El Wall Street Journal, uno de los medios conservadores más prestigiosos del país, le pidió dar un paso al costado por el bien del país. Y lo mismo hicieron el Washington Post y otros. Los líderes demócratas del Congreso (respaldados por algunos republicanos) anunciaron la presentación de nuevos cargos de destitución contra el presidente, mientras al interior de la administración se discutía la invocación de la enmienda 25 de la Constitución, que le permite al gabinete remover a un presidente si más de la mitad considera que no está en condiciones para gobernar. El exfiscal general William Barr; el exsecretario para la Seguridad Interna John Kelly; el exsecretario de Defensa, general James Mattis, y muchos de sus más leales servidores también se sumaron. “El asalto al Capitolio, un esfuerzo por subyugar la democracia estadounidense a través de una turba, fue promovido por Trump. Su uso de la presidencia para destruir nuestra confianza en las elecciones y envenenar el respeto que le debemos a los conciudadanos fue facilitado por cuasilíderes políticos cuyos nombres vivirán en la infamia por su cobardía”, dijo Mattis en un violento comunicado que puso en evidencia a los muchos republicanos que facilitaron la conducta de Trump a lo largo de este período. Facebook, Instagram y Twitter, los medios preferidos del presidente para comunicarse con sus simpatizantes, bloquearon a Trump de sus redes sociales. Un castigo sin precedentes en la historia de estas compañías. De acuerdo con múltiples fuentes, la presión llegó a tal punto que Trump fue puesto contra la pared por su círculo más cercano de asesores, entre ellos su hija Ivanka, su yerno Jared Kushner y el jefe de gabinete, Mark Meadows. Según estos, si el presidente no denunciaba cuanto antes y en términos enérgicos lo acontecido en el Capitolio, sería destituido sin dilación. Más delicado aún, tanto él como todo su círculo quedaban expuestos a la apertura de un proceso criminal que los podía mandar a la cárcel. El jueves, ya en la noche, el mandatario publicó un video en el que se declaró indignado por la violencia contra el Capitolio y finalmente aceptó que perdió las elecciones y abandonará el poder el 20 de enero. Se comprometió, además, a una transición del poder ordenada y sin dilación, y tomó distancia de los mismos simpatizantes que horas antes había llamado gente especial. “Los que participaron en estos actos de violencia no nos representan y los que violaron la ley pagarán por ello”, dijo Trump tras advertir que había llegado la hora de sanar y reconciliarse. Pero muchos vieron en sus palabras un desesperado intento por salvar su presidencia y no una admisión de culpa o autorreflexión. El propio Trump les dio la razón a esos críticos el viernes al indicar que no piensa asistir a la posesión de Biden. “No hay duda que EE. UU. estaría mucho mejor si Trump renuncia o es removido del poder. El presidente ha escogido propagar las llamas del odio y mentirle a millones de votantes con teorías de conspiración antes que aceptar la realidad de su propia derrota”, dijo poco después Larry Hogan, gobernador republicano de Maryland. Los prospectos de una destitución, bien sea por la vía del Congreso o invocando la enmienda 25, no parecían muy viables dado los pocos días que le restan a su presidencia (solo 10). Y eran vistos, más bien, como una especie de amenaza para evitar nuevos exabruptos de Trump en la recta final de su presidencia. Pero el simple hecho de que se esté considerando un segundo juicio político en su contra o una remoción orquestada por su propio gabinete deja claro que el presidente saldrá por la puerta de atrás. Varios de sus simpatizantes creen, de hecho, que este podría ser el fin de su carrera política. “Trump, con esto, perdió la mitad del Partido Republicano y dudo que muchos lo quieran como su representante en las elecciones de 2024”. El caótico final de la administración Trump, decía Brit Hume, el analista político de cabecera en la cadena Fox. Sin embargo, otros piensan que el trumpismo sobrevivirá por algunos años más, pero no sin antes provocar una profunda grieta al interior del Partido Republicano, que ya ha comenzado a emerger. En lo que sí coinciden todos es que el bochornoso incidente de esta semana es una mancha que jamás podrá ser borrada, no solo de la historia estadounidense, sino del muy polémico legado de Trump.


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