La culpa de los héroes o la inmoralidad de los vencedores

Claude Eatherly, ovacionado héroe norteamericano por conducir el avión que llevaba la bomba atómica de Hiroshima, es una muestra de que los actos que muchos consideran buenos o heroicos, no siempre lo son. Sentimientos como la lamentación, la culpa o el arrepentimiento permiten ver un residuo moral que prueba que los sujetos o agentes que siente estos sentimientos están siendo testigos de un conflicto interno que no pueden solucionar solamente atendiendo a un deber moral. Existe en la psicología de los individuos algo importante para tener en cuenta en las decisiones morales. El filósofo vienés Günther Anders al conocer la culpa que el piloto Claude Eatherly siente, luego de volver de lanzar las bombas sobre Japón, empieza un intercambio epistolar para explicarle al piloto norteamericano por qué su sentimiento de culpa, ese que los médicos norteamericanos intentan apaciguar consolándolo, es una muestra de salud moral. El piloto sabe que hizo algo, sin importar si estaba o no obedeciendo o siguiendo las reglas y lo que debían suponer como correcto para un fin mayor, reconoce que allí hay algo vil. Esto muestra que él sabe que no solo es una pieza de una gran maquinaria, sino que es una agente que decidió, que hizo él mismo las acciones. Que sus manos oprimieron un botón para alertar un “Go ahead!”, dejando caer del Enola Gay la bomba que mató instantáneamente a más de ochenta mil japoneses. Sabe él que su voluntad está implicada en sus actos, que no es solo presa de las circunstancias, que pudo haber evitado algo. Ese sentimiento de “lamento” por lo que hizo o dejó de hacer demuestra cierta salubridad emocional, lo recuerda Anders. Ya que un país que vitorea el horror de la bomba atómica como medio para un fin mayor, bien sea el fin de la guerra, evitar el avance japonés en el pacífico, la venganza de Pearl Harbor, etc, demuestra que algo anda mal. Cuando un hombre hace daño a otro puede llegar a tratar de comprender su dolor referenciando a quien ha hecho daño, identificándolo. Pero en este caso, la muerte masiva, alejada e instantánea excede esta referencia del daño. Se vuelve una cantidad aproximada, lo que es ya cruel, pues no importa si son más o menos, sino que fueron muchos. No hay sobre quién objetivamente sentir culpa, arrepentimiento y perdón.  Y esta sensación de frustración y fracaso en el intento del piloto de resarcir su culpa y arrepentimiento es muestra de salud moral. ¿Por qué? Porque el residuo moral le hace sentirse un agente, responsable de sus actos. Contrario a lo que podría pensarse, en este caso, la tranquilidad de conciencia no es muestra de inocencia, sino de que algo se está entendiendo de manera errónea ¿Debe ser entonces la culpa consustancial a todos nuestros actos? Un dilema moral es tal porque se presentan vías de acción válidas que no están una por encima de la otra, sino que son paralelamente decisivas y válidas, el agente opta por una. Pero ello no quiere decir que no exista ocasión de un residuo moral que se exprese en culpa o arrepentimiento. Este residuo moral que sintió el capitán Eatherly es muestra de que sabe que pudo decidir no hacer algo, pero lo hizo, y a pesar de que el tiempo, las personas a su alrededor, la sociedad misma no lo condena, el sí. Es consciente del daño que hizo como individuo, no como parte de un instrumento o maquinaria mayor. Fue él, un agente con voluntad y conciencia, quien decidió, reflexionó y sopesó las circunstancias. Quizá el no sentirse señalado por la sociedad, por sus contemporáneos, aumenta la sensación de culpa del capitán, quien sabe que hizo algo inmoral pero que no es reportado como tal. Refleja esto más la calidad de la sociedad de Eatherly que la misma conciencia del capitán. Lo que deja ver la reacción del piloto es hasta qué punto el contrato social nos permite ser verdugos inocentes, cruelmente inocentes, de aquello que el Estado hace en nombre de todos por el bien de todos, o de los ideales del Estado. Ideales que se quieren conseguir cada vez con mayor tecnología,  disolviendo cualquier agenciamiento que se pueda tener en nombre de una causa mayor. Esta carta me suscita la pregunta por quién cuenta la historia de los verdugos y las víctimas, quién hace verdugos y quién hace víctimas, es decir,  quien hace memoria. ¿Desde dónde debe pararse aquel que pretende hacer memoria de algo sucedido? No debe empezar por un interés ajeno a la víctima. Los agentes deben ser el punto de partida de la narración de memoria. Ellos revelan las causas, las razones de su actuación, y sobre todo,  y muy importante, sus sentimientos posteriores a los actos. La verdad no es tal porque sea escrita por alguien que pueda detallarla con mayor precisión o pueda llevarla a la pantalla pública. La verdad es tal porque es contada desde la voz de  quienes padecieron o hicieron  un acto, sobre la base del reconocimiento de unos derechos transgredidos. Quien escribe un relato de memoria histórica no debe hacerlo alejado de las voces de las víctimas, Anders y el piloto lo entendieron bien. La comunicación de Anders con Eatherly logra que este último no menosprecie su culpa, sino que la justifique para hacer más llevadera su existencia. En el caso de Eatherly, su sentimiento de culpa no es síndrome de locura, sino consciencia de un agente responsable de sí mismo y sus acciones. Su culpa es el resultado de su libertad. Anders anima al capitán a escribir su propia vida, su experiencia, a darle voz no a la culpa sino al agente que está detrás de todas las acciones. Al agente que tiene una vida, que tomó ciertas decisiones, de estudiar esto o lo otro, de ir a este o aquel lugar y que finalmente resultó involucrado en la misión hacia Hiroshima. Aquí Anders demuestra una vez más lo que desde el principio intenta hacer ver a el piloto: que no es anormal, que su reacción no lo es. Más bien la anormalidad está en la reacción de aquellos que actúan con normalidad ante situaciones monstruosas como la de Hiroshima, sin indignación, sin culpa, sin arrepentimiento, sin vergüenza. Pues son precisamente la presencia de estos sentimientos, en este caso, síntomas de salud moral; cuando se es un agente que sabe que responde  a sus acciones y no a las de una maquinaria mayor o arrastrado por algo más grande que su propia voluntad. Por lo que esta respuesta inmoral no radica en la maldad sino en la “estupidez”, arguye Anders, en la falta de comprensión de estas respuestas emocionales como la lamentación. Y esta es precisamente la diferencia entre, por ejemplo, el coronel nazi de las SS, Adolf  Eichmann y el piloto norteamericano Claude Eatherly. Este último sintió culpa por lo que hizo, aunque parecía estar cumpliendo un deber, ello es muestra de su sensibilidad moral. Reconoce el agente que hay algo que no es normal aunque los otros lo aprecien bajo la ley y como un deber. Su reacción sería inmoral si siguiese, como Eichmann, viviendo una vida normal luego de haber sido responsable de tantas personas. Pero Eatherly tuvo conciencia de lo que hizo, y aunque obedecía órdenes es consciente de ello, y esta consciencia lo hace asegurarse que no haya una repetición de su actuar, o al menos a comprometerse en la lucha antinuclear. Lo que Anders nos demuestra es que la responsabilidad moral sigue siendo importante y relevante en un mundo en el que parece que el exceso de instrumentos y el alcance de los mismos al servicio de los Estados parece disolver toda responsabilidad de los agentes. Es preciso servirnos aun de la responsabilidad para saber que cometemos mayores crueldades gracias a ese alcance casi infinito de los instrumentos de la guerra, del daño que se cometen por el largo alcance de las armas bélicas. Y más aún, para recordarnos que aunque estamos bajo una ley, seguimos siendo agentes responsables, libres, que podemos reflexionar, que somos nosotros como agentes los que  actuamos, no somos el instrumento de justicia de ninguna maquinaria ulterior a nosotros mismos. Anders reconoce que identificar a un gente con la maquinaria de la ley o el deber es un peligro para la conciencia moral, para la sensibilidad moral. La responsabilidad del agente no termina con sus actos individuales, sino también, con los actos en los que participa, también allí el agente es quien hace.  El aparato de la ley quita cierta responsabilidad de los agentes al hacerlos obrar según ella, menguando la culpa de la crueldad que puedan llegar a cometer. Este llamado de Eatherly nos hace ver que los agentes aún son conscientes, y deben serlo en medio de aquellas acciones que ejecutan como parte de un aparato que cumple unas funciones ulteriores, como el Estado, la ley, el derecho, las iglesia, ideales en general. Por lo que el acto cruel no está en el hecho mismo sino en el posibilidad de que se cometa, en la acción misma del agente. 

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